Hastiado, así se sentía al salir de clases. No era cansancio, cansado estaba siempre. No, no era eso, en esos momentos se sentía simplemente hastiado. Había sido una típica clase de física en el edificio M. El profesor seguía haciendo sus clases con la monótona motivación de quien habla por hablar. ¿Acaso iba a ser así todo el semestre? Le molestaba sólo pensarlo... Bueno, hay que ser positivo, todavía no se esconde el sol, pensó. Eran las 5:20, lo que quería decir que aunque demorara casi una hora en llegar a su casa, todavía tendría varias horas para trabajar en las tareas. Tareas... una dura sensación lo golpeó en el estómago. Sabía que tendría que trabajar hasta tarde y que aun así no terminaría. ¿Eso era la universidad?, ¿despertarse, estudiar, hacer trabajos, dormirse, repetir? El desánimo lo invadió. ¿Bajas?, escuchó. Se había detenido sin darse cuenta y sus compañeros le preguntaban si iría a tomar la micro, para caminar juntos. Aquel era de esos momentos diarios de relajo en que todos descargaban tensiones. Después de las clases y antes de seguir trabajando. Un pequeño tiempo de risas sin el cual no se podría continuar. No, no se sentía capaz de compartir esa alegría. Vayan ustedes, voy a pasar a otro lugar antes, mintió. Necesitaba estar solo. Mientras sus compañeros avanzaban, él miró el cielo. La primavera estaba llegando y las nubes blancas resaltaban contra un celeste perfecto. Qué hermoso día, pensó. Le daba la impresión que la brisa juguetona se reía de su grisáceo ánimo. Caminó hacia la terraza. Desde ahí podía verse todo. La universidad, el puerto, el mar, el horizonte. Tan cerca, pero tan lejos, le susurró la brisa al oído y él asintió. Sabía a lo que se refería, lo había sentido antes. Esa sensación de ver lo que anhelas pasar, pero a través de un vidrio, están ahí, pero no puedes alcanzarlas... Si quieres puedo llevarte conmigo, le dijo la brisa. ¿Lo harías?, le preguntó él. Claro, sólo tienes que dejarte llevar. Tentador... alejarse de aquello y dejarse llevar por la sobrecogedora inmensidad del todo. Le asaltó una duda y preguntó: ¿dónde iríamos? Donde tú quieras, le respondió. Está bien, pensó para si, cerró los ojos y se dejó llevar. Lentamente lo fue invadiendo una sensación de ligereza y luego, súbitamente, sintió un fuerte tirón que lo sacudió.
Confusión, caos, temor, se sentía disperso. La sobrecogedora sensación de ser demasiado. Puso toda su atención en concentrar su esencia, en recomponer su ser, hasta que logró encontrarse. Entonces lo sintió, estaba viajando, aunque no sabía muy bien como. Lentamente las cosas empezaron a definir su forma y las pudo ver con claridad. Estaba en su colegio, frente a su sala. Se dio vuelta y lo vio, un enorme nogal. ¿Cuántas risas albergó su sombra? Muchas, recordaba muy bien esos tiempos. En esa sala y bajo ese árbol había comenzado su vida como la veía ahora. Las cosas que aprendió, la gente con quien compartió, los sueños que incubó, todo había conspirado de una forma u otra en lo que él era ahora. ¿Cuándo se había dado cuenta? ¿cuándo había tomado la decisión? Trató de recordar el momento exacto en que supo lo que quería estudiar. La imagen llegó a él tan clara como la decisión aquella vez. Todas las demás opciones habían desaparecido y lo único que quedaba era verbalizar lo evidente, no podía ser de otra forma. Pero, ¿cómo podía haberlo sabido? ¿cómo era posible que supiera lo que tendría que sacrificar? Nadie se lo podría haber dicho, si quiera haberlo expresado, era algo que las palabras no podían comunicar. Poco a poco una pregunta se formó en su mente: ahora que lo sabía, ¿por qué seguía con esto? ¿qué lo impulsaba a continuar? ¿qué era lo que justificaba perder la vida, no por morir, sino por no vivir? La angustia lo invadía más allá de lo que lo había hecho nunca, y sin darse cuenta gritó: ¿¡Porqué!? Las hojas del nogal se agitaron y él ya no estaba ahí, continuaba viajando.
Esta vez lo que vio lo sorprendió. Oscuridad, infinita oscuridad, solamente perturbada por unas llamas y unas siluetas en torno a estas. No podía ver las caras, la luz le impedía enfocar con claridad. Se acercó al círculo para ver mejor y sintió algo extraño. Le parecía que las siluetas hablaban, pero no había palabras, tan sólo conceptos, complejos pero a la vez sutiles, que se atravesaban a su mente y le dejaban una vaga sensación difícil de definir. Era realmente extraño, le recordaba en cierto sentido a cuando se vio arrastrado por la inmensidad de la brisa, pero esta vez no se dispersaba, sino que se sentía atraído por la luz. Fijó su vista en ella y entre las llamas le pareció ver colores, formas, imágenes, y entonces lo entendió, los vagos conceptos tomaron forma y le imprimieron su significado. Le hablaban de un viaje, una superación, un objetivo; le hablaban de aquellos lugares que anhelaba visitar, conocer, disfrutar; le hablaban de todas las cosas que buscaba y que, sin darse cuenta, había dejado atrás.
Lentamente la comprensión lo invadió. Ahora veía con mayor claridad su propia vida. Al expandirse su conciencia fue capaz de mirar dentro de sí y visitar aquellos lugares que había olvidado, pero que necesitaba recordar. La brisa, su brisa, no había hecho más que darle el empujón que necesitaba, lo llevó al centro de sus motivaciones, al centro de su propio ser.
Abrió los ojos, estaba anocheciendo. Antes de comenzar a caminar miró una vez más el cielo. No había nubes, la brisa se las había llevado. Dio media vuelta pensando en todo lo que tenía que hacer al llegar a su casa, pero no le importó como antes. Esta vez, sabía por qué lo hacía.
Jeje, mi primer cuento. Cualquier alusión a la realidad es pura coincidencia... o quizás no tanta...